EL
CAMINO A CRISTO
Por
ELENA G. DE WHITE
CAPÍTULO 10.
Los
Dos Lenguajes de la Providencia
SON muchas las formas en que Dios está procurando
dársenos a conocer y ponernos en comunión con él. La naturaleza habla sin cesar
a nuestros sentidos. El corazón que está preparado quedará impresionado por el
amor y la gloria de Dios tal como se revelan en las obras de sus manos. El oído
atento puede escuchar y entender las comunicaciones de Dios por las cosas de la
naturaleza. Los verdes campos, los elevados árboles, los botones y las flores,
la nubecilla que pasa, la lluvia que cae, el arroyo que murmura, las glorias de
los cielos, hablan a nuestro corazón y nos invitan a conocer a Aquel que lo
hizo todo.
Nuestro Salvador entrelazó sus preciosas lecciones
con las cosas de la naturaleza. Los árboles, los pájaros, las flores, los
valles, las colinas, los lagos y los hermosos cielos, así como los incidentes y
las circunstancias de la vida diaria, fueron todos ligados a las palabras de
verdad, a fin de que sus lecciones fuesen así traídas a menudo a la memoria,
aún en medio de los cuidados de la vida de trabajo del hombre.
Dios quiere que sus hijos aprecien sus obras y se
deleiten en la sencilla y tranquila hermosura con que él ha adornado nuestra
morada terrenal. El es amante de lo bello y, sobre todo, ama la belleza del
carácter, que es más 85 atractiva que todo lo externo; y quiere que cultivemos
la pureza y la sencillez, las gracias características de las flores.
Si tan sólo queremos escuchar, las obras que Dios
ha hecho nos enseñarán lecciones preciosas de obediencia y confianza. Desde las
estrellas que en su carrera por el espacio sin huellas siguen de siglo en siglo
sus sendas asignadas, hasta el átomo más pequeño, las cosas de la naturaleza
obedecen a la voluntad del Creador. Y Dios cuida y sostiene todas las cosas que
ha creado. El que sustenta los innumerables mundos diseminados por la
inmensidad, también tiene cuidado del gorrioncillo que entona sin temor su
humilde canto. Cuando los hombres van a su trabajo o están orando; cuando
descansan o se levantan por la mañana; cuando el rico se sacia en el palacio, o
cuando el pobre reúne a sus hijos alrededor de su escasa mesa, el Padre
celestial vigila tiernamente a todos. No se derraman lágrimas sin que él lo
note. No hay sonrisa que para él pase inadvertida.
Si creyéramos plenamente esto, toda ansiedad
indebida desaparecería. Nuestras vidas no estarían tan llenas de desengaños
como ahora; porque cada cosa, grande o pequeña, debe dejarse en las manos de
Dios, quien no se confunde por la multiplicidad de los cuidados, ni se abruma
por su peso. Gozaríamos entonces del reposo del alma al cual muchos han sido
por largo tiempo extraños.
Cuando vuestros sentidos se deleiten en la amena
belleza de la tierra, pensad en el mundo venidero que nunca conocerá mancha de
pecado 86 ni de muerte; donde la faz de la naturaleza no llevará más la sombra
de la maldición. Que vuestra imaginación represente la morada de los justos y
entonces recordad que será más gloriosa que cuanto pueda figurarse la más
brillante imaginación. En los variados dones de Dios en la naturaleza no vemos
sino el reflejo más pálido de su gloria. Está escrito: "¡Cosas que ojo no
vio, ni oído oyó, y que jamás entraron en pensamiento humano - las cosas
grandes que ha preparado Dios para los que le aman!" (1 Corintios 2: 9).
El poeta y el naturalista tienen muchas cosas que
decir acerca de la naturaleza, pero es el cristiano el que más goza de la
belleza de la tierra, porque reconoce la obra de la mano de su Padre y percibe
su amor en la flor, el arbusto y el árbol. Nadie que no los mire como una
expresión del amor de Dios al hombre puede apreciar plenamente la significación
de la colina ni del valle, del río ni del mar.
Dios nos habla mediante sus obras providenciales y
por la influencia de su Espíritu Santo en el corazón. En nuestras
circunstancias y ambiente, en los cambios que suceden diariamente en torno
nuestro, podemos encontrar preciosas lecciones, si tan sólo nuestros corazones
están abiertos para recibirlas. El salmista, trazando la obra de la Providencia
divina, dice: "La tierra está llena de la misericordia de Jehová"
(Salmo 33 : 5). "¡Quien sea sabio, observe estas cosas; y consideren todos
la misericordia de Jehová!" (Salmo 107:43).87
Dios nos habla también en su Palabra. En ella
tenemos en líneas más claras la revelación de su carácter, de su trato con los
hombres y de la gran obra de la redención. En ella se nos presenta la historia
de los patriarcas y profetas y de otros hombres santos de la antigüedad. Ellos
eran hombres sujetos "a las mismas debilidades que nosotros"
(Santiago 5: 17). Vemos cómo lucharon entre descorazonamientos como los
nuestros, cómo cayeron bajo tentaciones como hemos caído nosotros y, sin
embargo, cobraron nuevo valor y vencieron por la gracia de Dios; y
recordándolos, nos animamos en nuestra lucha por la justicia. Al leer el relato
de los preciosos sucesos que se les permitió experimentar, la luz, el amor y la
bendición que les tocó gozar y la obra que hicieron por la gracia a ellos dada,
el espíritu que los inspiró enciende en nosotros un fuego de santo celo y un
deseo de ser como ellos en carácter y de andar con Dios como ellos.
Jesús dijo de las Escrituras del Antiguo
Testamento - y ¡cuánto más cierto es esto acerca del Nuevo! - : "Ellas son
las que dan testimonio de mí" (S. Juan 5: 39), el Redentor, Aquel en quien
vuestras esperanzas de vida eterna se concentran. Sí, la Biblia entera nos
habla de Cristo. Desde el primer relato de la creación, de la cual se dice:
"Sin él nada de lo que es hecho, fue hecho" (S. Juan 1:3), hasta la
última promesa: "¡He aquí, yo vengo presto!" (Apocalipsis 22: 12)
leemos acerca de sus obras y escuchamos su voz. Si deseáis conocer al Salvador,
estudiad las Santas Escrituras.
88 Llenad vuestro corazón de las palabras de Dios.
Son el agua viva que apaga vuestra sed. Son el pan vivo que descendió del
cielo. Jesús declara: "A menos que comáis la carne del Hijo del hombre, y
bebáis su sangre, no tendréis vida en vosotros" Y al explicarse, dice:
"Las palabras que yo os he hablado espíritu y vida son" (S. Juan 6:
53, 63). Nuestros cuerpos viven de lo que comemos y bebemos; y lo que sucede en
la vida natural sucede en la espiritual: lo que meditamos es lo que da tono y
vigor a nuestra naturaleza espiritual.
El tema de la redención es un tema que los ángeles
desean escudriñar; será la ciencia y el canto de los redimidos durante las
interminables edades de la eternidad. ¿No es un pensamiento digno de atención y
estudio ahora? La Infinita misericordia y el amor de Jesús, el sacrificio hecho
en nuestro favor, demandan de nosotros la más seria y solemne reflexión.
Debemos espaciarnos en el carácter de nuestro querido Redentor e Intercesor.
Debemos meditar sobre la misión de Aquel que vino a salvar a su pueblo de sus
pecados. Cuando contemplemos así los asuntos celestiales, nuestra fe y amor
serán más fuertes y nuestras oraciones más aceptables a Dios, porque se
elevarán siempre con más fe y amor. Serán inteligentes y fervientes. Habrá una
confianza constante en Jesús y una experiencia viva y diaria en su poder de
salvar completamente a todos los que van a Dios por medio de él.
A medida que meditemos en la perfección del
Salvador, desearemos ser enteramente 89 transformados y renovados conforme a la
imagen de su pureza. Nuestra alma tendrá hambre y sed de ser hecha como Aquel a
quien adoramos. Mientras más concentremos nuestros pensamientos en Cristo, más
hablaremos de él a otros y lo representaremos ante el mundo.
La Biblia no fue escrita solamente para el hombre
erudito; al contrario, fue destinada a la gente común. Las grandes verdades
necesarias para la salvación están presentadas con tanta claridad como la luz
del mediodía; y nadie equivocará o perderá el camino, salvo los que sigan su
juicio privado en vez de la voluntad divina tan claramente revelada.
No debemos conformarnos con el testimonio de
ningún hombre en cuanto a lo que enseñan las Santas Escrituras, sino que
debemos estudiar las palabras de Dios por nosotros mismos. Si dejamos que otros
piensen por nosotros, nuestra energía quedará mutilada y limitadas nuestras
aptitudes. Las nobles facultades del alma pueden perder tanto por no
ejercitarse en temas dignos de su concentración, que lleguen a ser incapaces de
penetrar la profunda significación de la Palabra de Dios. La inteligencia se
desarrollará si se emplea en investigar la relación de los asuntos de la
Biblia, comparando texto con texto y lo espiritual con lo espiritual.
No hay ninguna cosa mejor para fortalecer la
inteligencia que el estudio de las Santas Escrituras. Ningún libro es tan
potente para elevar los pensamientos, para dar vigor a las facultades, como las
grandes y ennoblecedoras verdades de la Biblia. Si se estudiara la Palabra de
Dios como se debe, los hombres tendrían 90 una grandeza de espíritu, una
nobleza de carácter y una firmeza de propósito, que raramente pueden verse en
estos tiempos.
No se saca sino un beneficio muy pequeño de una
lectura precipitada de las Sagradas Escrituras. Uno puede leer toda la Biblia y
quedarse, sin embargo, sin ver su belleza o comprender su sentido profundo y
oculto. Un pasaje estudiado hasta que su significado nos parezca claro y
evidentes sus relaciones con el plan de la salvación, es de mucho más valor que
la lectura de muchos capítulos sin un propósito determinado y sin obtener
ninguna instrucción positiva. Tened vuestra Biblia a mano, para que cuando
tengáis oportunidad la leáis; retened los textos en vuestra memoria. Aún al ir por
la calle, podéis leer un pasaje y meditar en él hasta que se grabe en la mente.
No podemos obtener sabiduría sin una atención verdadera y un estudio con oración. Algunas porciones de la Santa Escritura son en verdad demasiado claras para que se puedan entender mal; pero hay otras cuyo significado no es superficial, para que se vea a primera vista. Se debe comparar pasaje con pasaje. De haber un escudriñamiento cuidadoso y una reflexión acompañada de oración. Y tal estudio será abundantemente recompensado. Como el minero descubre vetas de precioso metal ocultas debajo de la superficie de la tierra, así también el que perseverantemente escudriña la Palabra de Dios buscando sus tesoros ocultos, encontrará verdades del mayor valor, que se ocultan de la vista del investigador descuidado. Las palabras de la inspiración, examinadas en el alma, serán 91 como ríos de agua que manan de la fuente de la vida.
Nunca se debe estudiar la Biblia sin oración.
Antes de abrir sus páginas debemos pedir la iluminación del Espíritu Santo, y
ésta nos será dada. Cuando Natanael vino a Jesús, el Salvador exclamó: "He
aquí verdaderamente un israelita, en quien no hay engaño. Dícele Natanael: ¿De
dónde me conoces? Jesús respondió y dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando
estabas debajo de la higuera, te vi" (S. Juan 1: 47, 48). Así también nos
verá Jesús en los lugares secretos de oración, si lo buscamos para que nos dé
luz para saber lo que es la verdad. Los ángeles del mundo de luz estarán con
los que busquen con humildad de corazón la dirección divina.
El Espíritu Santo exalta y glorifica al Salvador.
Es su oficio presentar a Cristo, la pureza de su justicia y la gran salvación
que tenemos por él. Jesús dice: El "tomará de lo mío, y os lo anunciará'
(S. Juan 16: 14). El Espíritu de verdad es el único maestro eficaz de la verdad
divina. ¡Cuánto no estimará Dios a la raza humana, siendo que dio a su Hijo
para que muriese por ella y manda su Espíritu para que sea el maestro y
continuo guía del hombre!.