EL
CAMINO A CRISTO
Por
ELENA G. DE WHITE
CAPÍTULO 12.
¿Qué
Debe Hacerse con la Duda?
MUCHOS, especialmente los que son nuevos en la vida cristiana, se sienten a veces turbados con las sugestiones del escepticismo. Hay muchas cosas en la Biblia que no pueden explicar y ni siquiera entender, y Satanás las emplea para hacer vacilar su fe en las Santas Escrituras como revelación de Dios. Preguntan: "¿Cómo sabré cuál es el buen camino? Si la Biblia es en verdad la Palabra de Dios, ¿cómo puedo librarme de estas dudas y perplejidades?"
Dios nunca nos exige que creamos sin darnos
suficiente evidencia sobre la cual fundar nuestra fe. Su existencia, su
carácter, la veracidad de su Palabra, todas estas cosas están establecidas por
abundantes testimonios que excitan nuestra razón. Sin embargo, Dios no ha
quitado nunca toda posibilidad de duda. Nuestra fe debe reposar sobre
evidencias, no sobre demostraciones. Los que quieran dudar tendrán oportunidad;
al paso que los que realmente deseen conocer la verdad, encontrarán abundante
evidencia sobre la cual basar su fe.
Es imposible para el espíritu finito del hombre
comprender plenamente el carácter o las obras del Infinito. Para la
inteligencia mas perspicaz, para el espíritu más ilustrado, aquel santo Ser
debe siempre permanecer envuelto en el misterio. "¿Puedes tú descubrir las
cosas recónditas de Dios? ¿puedes hasta lo sumo llegar a 107conocer al
Todopoderoso? Ello es alto como el cielo, ¿qué podrás hacer? más hondo es que
el infierno, ¿ que podrás saber?' (Job 11: 7, 8).
El apóstol Pablo exclama: "¡Oh profundidad de
las riquezas, así de la sabiduría como de la ciencia de Dios! ¡cuán
inescrutables son sus juicios, e ininvestigables sus caminos!" (Romanos
11: 33). Mas aunque "nubes y tinieblas están alrededor de él; justicia y
juicio son el asiento de su trono" (Salmo 97: 2). Pero donde comprendemos
su modo de obrar con nosotros y los motivos que lo mueven, descubrimos su amor
y misericordia sin límites unidos a su infinito poder. Podemos entender de sus
designios cuanto es bueno para nosotros saber, y más allá de esto debemos
confiar todavía en la mano omnipotente y en el corazón lleno de amor.
La Palabra de Dios, como el carácter de su divino
Autor, presenta misterios que nunca podrán ser plenamente comprendidos por
seres finitos. La entrada del pecado en el mundo, la encarnación de Cristo, la
regeneración y otros muchos asuntos que se presentan en la Biblia, son
misterios demasiado profundos para que la mente humana los explique, o para que
los comprenda siquiera plenamente. Pero no tenemos razón para dudar de la
Palabra de Dios porque no podamos entender los misterios de su providencia. En
el mundo natural estamos siempre rodeados de misterios que no podemos sondear.
Aun las formas más humildes de la vida presentan un problema que el más sabio
de los filósofos es incapaz de explicar. Por todas partes se presentan
maravillas que superan nuestro 108 conocimiento. ¿Debemos sorprendernos de que
en el mundo espiritual haya también misterios que no podamos sondear? La
dificultad está únicamente en la debilidad y estrechez del espíritu humano.
Dios nos ha dado en las Santas Escrituras pruebas suficientes de su carácter
divino y no debemos dudar de su Palabra porque no podamos entender los
misterios de su providencia.
El apóstol Pedro dice que hay en las Escrituras
"cosas difíciles de entender, que los ignorantes e inconstantes tuercen, .
. . para su propia destrucción" (2 S. Pedro 3: 16). Los incrédulos han
presentado las dificultades de las Sagradas Escrituras como un argumento en
contra de la Biblia; pero muy lejos de ello, éstas constituyen una fuerte
prueba de su divina inspiración. Si no contuvieran acerca de Dios sino aquello
que fácilmente pudiéramos comprender, si su grandeza y majestad pudieran ser
abarcadas por inteligencias finitas, entonces la Biblia no llevaría las
credenciales inequívocas de la autoridad divina. La misma grandeza y los mismos
misterios de los temas presentados, deben inspirar fe en ella como Palabra de
Dios.
La Biblia presenta la verdad con una sencillez y
una adaptación tan perfecta a las necesidades y anhelos del corazón humano, que
ha asombrado y encantado a los espíritus más cultivados, al mismo tiempo que
capacita al humilde e inculto para discernir el camino de la salvación. Sin
embargo, estas verdades sencillamente declaradas tratan de asuntos tan
elevados, de tan grande trascendencia, tan 109 infinitamente fuera del alcance
de la comprensión humana, que sólo podemos aceptarlos porque Dios nos lo ha
declarado. Así está patente el plan de la redención delante de nosotros, de
modo que cualquiera pueda ver el camino que ha de tomar a fin de arrepentirse
para con Dios y tener fe en nuestro Señor Jesucristo, a fin de que sea salvo de
la manera señalada por Dios. Sin embargo, bajo estas verdades tan fácilmente
entendibles, existen misterios que son el escondedero de su gloria; misterios
que abruman la mente investigadora y que, sin embargo, inspiran fe y reverencia
al sincero investigador de la verdad. Cuanto más escudriña éste la Biblia tanto
más profunda es su convicción de que es la Palabra del Dios vivo, y la razón
humana se postra ante la majestad de la revelación divina.
Reconocer que no podemos entender plenamente las
grandes verdades de la Biblia, es solamente admitir que la mente finita es
insuficiente para abarcar lo infinito; que el hombre, con su limitado
conocimiento humano, no puede entender los designios de la Omnisciencia.
Por cuanto no pueden sondear todos los misterios
de la Palabra de Dios, los escépticos y los incrédulos la rechazan; y no todos
los que profesan creer en la Biblia están libres de este peligro. El apóstol
dice: "Mirad, pues, hermanos, no sea que acaso haya en alguno de vosotros,
un corazón malo de incredulidad, en el apartarse del Dios vivo" (Hebreos
3: 12). Es bueno estudiar detenidamente las enseñanzas de la Biblia, e
investigar "las profundidades de Dios", hasta donde se revelan en las
Santas Escrituras. Porque aunque 110 "las cosas secretas pertenecen a
Jehová nuestro Dios", "las reveladas nos pertenecen a nosotros"
(Deuteronomio 29: 29). Mas es la obra de Satanás pervertir las facultades de
investigación del entendimiento. Cierto orgullo se mezcla en la consideración
de la verdad bíblica, de modo que cuando los hombres no pueden explicar todas
sus partes como quieren, se impacientan y se sienten derrotados. Es para ellos
demasiado humillante reconocer que no pueden entender las palabras inspiradas.
No están dispuestos a esperar pacientemente hasta que Dios juzgue oportuno
revelarles la verdad. Creen que su sabiduría humana sin auxilio es suficiente
para hacerles entender las Santas Escrituras y, cuando no pueden hacerlo,
niegan virtualmente su autoridad. Es verdad que muchas teorías y doctrinas que
se consideran generalmente derivadas de la Biblia no tienen fundamento en ella
y, a la verdad, son contrarias a todo el tenor de la inspiración. Estas cosas
han sido motivo de duda y perplejidad para muchos espíritus. No son, sin
embargo, imputables a la Palabra de Dios, sino a la perversión que los hombres
han hecho de ella.
Si fuera posible para los seres terrenales obtener
un pleno conocimiento de Dios y de sus obras, no habría ya para ellos, después
de lograrlo, ni descubrimiento de nuevas verdades, ni crecimiento en
conocimiento, ni desarrollo ulterior del espíritu o del corazón. Dios no sería
ya supremo, y el hombre, habiendo alcanzado el límite del conocimiento y
progreso, dejaría de adelantar. Demos gracias a Dios de que no sea así. Dios es
infinito; "en él están todos los 111 tesoros de la sabiduría y de la
ciencia" (Colosenses 2: 3). Y por toda la eternidad los hombres podrán
estar siempre escudriñando, siempre aprendiendo sin poder agotar nunca, sin
embargo, los tesoros de la sabiduría, la bondad y el poder.
Dios quiere que aun en esta vida las verdades de
su Palabra continúen siempre revelándose a su pueblo. Y hay sólo un modo para
obtener este conocimiento. No podemos llegar a entender la Palabra de Dios sino
por la iluminación del Espíritu por el cual fue dada la Palabra. "Las
cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios" (1 Corintios 2:
11) ;"porque el Espíritu escudriña todas las cosas, y aun las cosas
profundas de Dios" (1 Corintios 2: 10). Y la promesa del Salvador a sus
discípulos fue: "Mas cuando viniere Aquel, el Espíritu de verdad, él os
guiará al conocimiento de toda la verdad; ... porque tomará de lo mío, y os lo
anunciará' (S. Juan 16: 13, 14).
Dios quiere que el hombre haga uso de la facultad
de razonar que le ha dado; y el estudio de la Biblia fortalece y eleva la mente
como ningún otro estudio puede hacerlo. Con todo, debemos cuidarnos de no
deificar la razón, porque está sujeta a las debilidades y flaquezas de la
humanidad. Si no queremos que las Sagradas Escrituras estén veladas para
nuestro entendimiento, de modo que no podamos comprender ni las verdades más
sencillas, debemos tener la sencillez y la fe de un niño, estar dispuestos a
aprender, e implorar la ayuda del Espíritu Santo. El conocimiento del poder y
la sabiduría de Dios y la conciencia de nuestra incapacidad 112 para comprender
su grandeza, debe inspirarnos humildad, y debemos abrir su Palabra con santo
temor, como si compareciéramos ante él. Cuando tomamos la Biblia, nuestra razón
debe reconocer una autoridad superior a ella misma y el corazón y la
inteligencia deben postrarse ante el gran YO SOY. Hay muchas cosas
aparentemente difíciles u oscuras, que Dios hará claras y sencillas para los
que así procuren entenderlas. Mas sin la dirección del Espíritu Santo,
estaremos continuamente expuestos a torcer las Sagradas Escrituras o a
interpretarlas mal. Hay muchas maneras de leer la Biblia que no aprovechan y
que causan en algunos casos un daño positivo. Cuando el Libro de Dios se abre
sin oración y reverencia; cuando los pensamientos y afectos no están fijos en
Dios, o en armonía con su voluntad, el corazón está envuelto en la duda; y
entonces, con el mismo estudio de la Biblia, se fortalece el escepticismo. El
enemigo se posesiona de los pensamientos y sugiere interpretaciones
incorrectas. Cuando los hombres no procuran estar en armonía con Dios en obras
y en palabras, por instruidos que sean, están expuestos a errar en su modo de
entender las Santas Escrituras y no es seguro confiar en sus explicaciones. Los
que escudriñan las Escrituras para buscar contradicciones, no tienen
penetración espiritual. Con vista perturbada encontrarán muchas razones para
dudar y no creer en cosas realmente claras y sencillas.
Pero, disfráceselo como se quiera, el amor al
pecado es casi siempre la causa real de la duda y el escepticismo. Las
enseñanzas y restricciones 113 de la Palabra de Dios no agradan al corazón
orgulloso, lleno de pecado; y los que no quieren obedecer sus mandamientos,
fácilmente dudan de su autoridad. Para llegar al conocimiento de la verdad,
debemos tener un deseo sincero de conocer la verdad y buena voluntad en el
corazón para obedecerla. Todos los que estudien la Biblia con este espíritu,
encontrarán en abundancia pruebas de que es la Palabra de Dios y pueden obtener
un conocimiento de sus verdades que los hará sabios para la salvación.
Cristo dijo: "Si alguno quisiere hacer su
voluntad, conocerá de mi enseñanza' (S. Juan 7: 17). En vez de discutir y
cavilar tocante a aquello que no entendáis, aprovechad la luz que ya brilla
sobre vosotros y recibiréis mayor luz. Mediante la gracia de Cristo, cumplid
todos los deberes que hayáis llegado a entender y seréis capaces de entender y cumplir
aquellos de los cuales todavía dudáis.
Hay una prueba que está al alcance de todos, del
más educado y del más ignorante, la prueba de la experiencia. Dios nos invita a
probar por nosotros mismos la realidad de su Palabra, la verdad de sus
promesas. El nos dice: "Gustad y ved que Jehová es bueno' (Salmo 34: 8).
En vez de depender de las palabras de otro, tenemos que probar por nosotros
mismos. Dice: "Pedid, y recibiréis" (S. Juan 16: 24). Sus promesas se
cumplirán. Nunca han faltado; nunca pueden faltar. Y cuando seamos atraídos a
Jesús y nos regocijemos en la plenitud de su amor, nuestras dudas 114 y
tinieblas desaparecerán ante la luz de su presencia. El apóstol Pablo dice que
Dios "nos ha libertado de la potestad de las tinieblas, y nos ha trasladado
al reino del Hijo de su amor" (Colosenses 1: 13). Y todo aquel que ha
pasado de muerte a vida "ha puesto su sello a esto, que Dios es veraz' (S.
Juan 3: 33). Puede testificar: "Necesitaba auxilio y lo he encontrado en
Jesús. Fueron suplidas todas mis necesidades, fue satisfecha el hambre de mi
alma y ahora la Biblia es para mí la revelación de Jesucristo. ¿Me preguntáis
por qué creo en Jesús? Porque es para mí un Salvador divino. ¿Por qué creo en
la Biblia? Porque he hallado que es la voz de Dios para mi alma". Podemos
tener en nosotros mismos el testimonio de que la Biblia es verdadera y de que
Cristo es el Hijo de Dios. Sabemos que no estamos siguiendo fábulas astutamente
imaginadas.
San Pedro exhorta a los hermanos a crecer "en
la gracia, y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo' (2 S.
Pedro 3: 18). Cuando el pueblo de Dios crece en la gracia, obtiene
constantemente un conocimiento más claro de su Palabra. Contempla nueva luz y
belleza en sus sagradas verdades. Esto es lo que ha sucedido en la historia de
la iglesia en todas las edades y continuará sucediendo hasta el fin. "Pero
la senda de los justos es como la luz de la aurora, que se va aumentando en
resplandor hasta que el día es perfecto' (Proverbios 4: 18).
Por medio de la fe podemos mirar lo futuro y
confiar en las promesas de Dios respecto al 115desarrollo de la inteligencia, a
la unión de las facultades humanas con las divinas y al contacto directo de
todas las potencias del alma con la Fuente de Luz. Podemos regocijarnos de que
todas las cosas que nos han confundido en las providencias de Dios serán
entonces aclaradas; las cosas difíciles de entender serán entonces reveladas; y
donde nuestro entendimiento finito veía solamente confusión y desorden, veremos
la más perfecta y hermosa armonía. "Porque ahora vemos oscuramente, como
por medio de un espejo, mas entonces, cara a cara; ahora conozco en parte, pero
entonces conoceré así como también soy conocido" (1 Corintios 13: 12).