EL
CAMINO A CRISTO
Por
ELENA G. DE WHITE
CAPÍTULO 2. EL HOMBRE estaba dotado originalmente de
facultades nobles y de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba
en armonía con Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero
por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo sustituyó al
amor. Su naturaleza se hizo tan débil por la transgresión, que le fue
imposible, por su propia fuerza, resistir el poder del mal. Fue hecho cautivo
por Satanás, y hubiera permanecido así para siempre si Dios no hubiese
intervenido de una manera especial. El propósito del tentador era contrariar el
plan que Dios había tenido al crear al hombre y llenar la tierra de miseria y
desolación. Quería señalar todo este mal como el resultado de la obra de Dios
al crear al hombre. El hombre, en su estado de inocencia, gozaba de
completa comunión con Aquel "en quien están escondidos todos los tesoros
de la sabiduría y de la ciencia" (Colosenses 2: 3.) Mas después de su
caída, no pudo encontrar gozo en la santidad y procuró ocultarse de la
presencia de Dios. Y tal es aún la condición del corazón no renovado. No está
en armonía con Dios, ni encuentra gozo en la comunión con él. El pecador no
podría ser feliz en la presencia de Dios; le desagradaría 16 la compañía de los
seres santos. Y si se le pudiese permitir entrar en el cielo, no hallaría
alegría en aquel lugar. El espíritu de amor puro que reina allí donde responde
cada corazón al corazón del Amor Infinito, no haría vibrar en su alma cuerda
alguna de simpatía. Sus pensamientos, sus intereses, sus móviles, serían
distintos de los que mueven a los moradores celestiales. Sería una nota
discordante en la melodía del cielo. El cielo sería para él un lugar de tortura.
Ansiaría ocultarse de la presencia de Aquel que es su luz y el centro de su
gozo. No es un decreto arbitrario de parte de Dios el que excluye del cielo a
los malvados: ellos mismos se han cerrado las puertas por su propia ineptitud
para aquella compañía. La gloria de Dios sería para ellos un fuego consumidor.
Desearían ser destruidos para esconderse del rostro de Aquel que murió por
salvarlos. Es imposible que escapemos por nosotros mismos del
abismo del pecado en que estamos sumidos. Nuestro corazón es malo y no lo
podemos cambiar. "¿Quién podrá sacar cosa limpia de inmunda? Ninguno"
(Job 14: 4 )"Por cuanto el ánimo carnal es enemistad contra Dios; pues no
está sujeto a la ley de Dios, ni a la verdad lo puede estar" (Romanos 8:
7). La educación, la cultura, el ejercicio de la voluntad, el esfuerzo humano
todos tienen su propia esfera, pero para esto no tienen ningún poder. Pueden
producir una corrección externa de la conducta, pero no pueden cambiar el
corazón; no pueden purificar las fuentes de la vida. Debe haber un poder que
obre en el interior, una vida nueva de lo alto,17 antes de que el hombre pueda
convertirse del pecado a la santidad. Ese poder es Cristo. Solamente su gracia
puede vivificar las facultades muertas del alma y atraerlas a Dios, a la santidad.
El Salvador dijo: "A menos que el hombre naciere de nuevo", a menos
que reciba un corazón nuevo, nuevos deseos, designios y móviles que lo guíen a
una nueva vida, "no puede ver el reino de Dios" (S. Juan 3: 3). La
idea de que solamente es necesario desarrollar lo bueno que existe en el hombre
por naturaleza, es un engaño fatal. "El hombre natural no recibe las cosas
del Espíritu de Dios; porque le son insensatez; ni las puede conocer, por
cuanto se disciernen espiritualmente" (1 Corintios 2: 14). "No te
maravilles de que te dije: os es necesario nacer de nuevo" (S. Juan 3: 7.)
De Cristo está escrito: "En él estaba la vida; y la vida era la luz de los
hombres" (S. Juan 1: 4), el único "nombre debajo del cielo dado a los
hombres, en el cual podamos ser salvos" (Hechos 4: 12). No basta comprender la bondad amorosa de Dios, ni
percibir la benevolencia y ternura paternal de su carácter. No basta discernir
la sabiduría y justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno
principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando exclamó:
"Consiento en que la ley es buena", "la ley es santa, y el
mandamiento, santo y justo y bueno". Mas él añadió en la amargura de su
alma agonizante y desesperada: "Soy carnal, vendido bajo el poder del
pecado" (Romanos 7: 12, 14). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía
alcanzar por sí 18 mismo, y dijo: "¡Oh hombre infeliz que soy! ¿quién me
libertará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7: 24). La misma exclamación
ha subido en todas partes y en todo tiempo, de corazones sobrecargados. No hay
más que una contestación para todos: "'¡He aquí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo!" (S. Juan 1: 29). Muchas son las figuras por las cuales el Espíritu
de Dios ha procurado ilustrar esta verdad y hacerla clara a las almas que
desean verse libres de la carga del pecado. Cuando Jacob pecó, engañando a
Esaú, y huyó de la casa de su padre, estaba abrumado por el conocimiento de su
culpa. Solo y abandonado como estaba, separado de todo lo que le hacía preciosa
la vida, el único pensamiento que sobre todos los otros oprimía su alma, era el
temor de que su pecado lo hubiese apartado de Dios, que fuese abandonado del
cielo. En medio de su tristeza, se recostó para descansar sobre la tierra
desnuda. Rodeábanlo solamente las solitarias montañas, y cubríalo la bóveda
celeste con su manto de estrellas. Habiéndose dormido, una luz extraordinaria
se le apareció en su sueño; y he aquí, de la llanura donde estaba recostado,
una inmensa escalera simbólica parecía conducir a lo alto, hasta las mismas
puertas del cielo, y los ángeles de Dios subían y descendían por ella; al paso
que de la gloria de las alturas se oyó la voz divina que pronunciaba un mensaje
de consuelo y esperanza. Así hizo Dios conocer a Jacob aquello que satisfacía la
necesidad y el ansia de su alma: un Salvador. Con gozo y gratitud vio revelado
un camino por el cual él, como 19 pecador, podía ser restaurado a la comunión
con Dios. La mística escalera de su sueño representaba a Jesús, el único medio
de comunicación entre Dios y el hombre. Esta es la misma figura a la cual Cristo se
refirió en su conversación con Natanael, cuando dijo: "Veréis abierto el
cielo, y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del
hombre" (S. Juan 1: 51). Al caer, el hombre se apartó de Dios: la tierra
fue cortada del cielo. A través del abismo existente entre ambos no podía haber
ninguna comunión. Mas mediante Cristo, el mundo está unido otra vez con el
cielo. Con sus propios méritos, Cristo ha salvado el abismo que el pecado había
hecho, de tal manera que los hombres pueden tener comunión con los ángeles
ministradores. Cristo une al hombre caído, débil y miserable, con la Fuente del
poder Infinito. Mas vanos son los sueños de progreso de los
hombres, vanos todos sus esfuerzos por elevar a la humanidad, si menosprecian
la única fuente de esperanza y amparo para la raza caída. "Toda dádiva
buena y todo don perfecto" (Santiago 1: 17) es de Dios. No hay verdadera
excelencia de carácter fuera de él. Y el único camino para ir a Dios es Cristo,
quien dice: "Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie viene al
Padre sino por mí". (S. Juan 14: 6) El corazón de Dios suspira por sus hijos
terrenales con un amor más fuerte que la muerte. Al dar a su Hijo nos ha
vertido todo el cielo en un don. La vida, la muerte y la intercesión del
Salvador, el ministerio de los ángeles, la imploración del Espíritu Santo, el
Padre que obra 20 sobre todo y por todo, el interés incesante de los seres
celestiales: todos están empeñados en la redención del hombre. ¡Oh, contemplemos el
sacrificio asombroso que ha sido hecho por nosotros! Procuremos apreciar el
trabajo y la energía que el cielo está empleando para rescatar al perdido y
traerlo de nuevo a la casa de su Padre. Jamás podrían haberse puesto en acción
motivos más fuertes y energías más poderosas: los grandiosos galardones por el
bien hacer, el goce del cielo, la compañía de los ángeles, la comunión y el
amor de Dios y de su Hijo, la elevación y el acrecentamiento de todas nuestras
facultades por las edades eternas, ¿no son éstos incentivos y estímulos
poderosos que nos instan a dedicar a nuestro Creador y Salvador el amante
servicio de nuestro corazón? Y por otra parte, los juicios de Dios pronunciados
contra el pecado, la retribución inevitable, la degradación de nuestro carácter
y la destrucción final, se presentan en la Palabra de Dios para amonestarnos
contra el servicio de Satanás. ¿No apreciaremos la misericordia de Dios? ¿Qué más
podía hacer? Pongámonos en perfecta relación con Aquel que nos ha amado con
estupendo amor. Aprovechemos los medios que nos han sido provistos para que
seamos transformados conforme a su semejanza y restituidos a la comunión de los
ángeles ministradores, a la armonía y comunión del Padre y el Hijo. La Más Urgente Necesidad del Hombre